Dos reichs, dos estrategias inmobiliarias

Corría el año 2012 y el imaginario colectivo decidió, por razones que solo la serie B entiende, que los nazis supervivientes necesitaban un nuevo código postal. Uno se fue a la cara oculta de la Luna. El otro, más terrenal, prefirió el centro de la Tierra. Ambos, eso sí, con el mismo plan de negocio: reconquistar la superficie cuando nadie los esperase.

En Nazis at the Center of the Earth, un grupo de científicos que investiga el hielo antártico se topa con soldados enmascarados que los arrastran a un mundo subterráneo donde el Tercer Reich nunca se rindió. Laboratorios siniestros, experimentos imposibles, maquinaria de guerra retrofuturista: todo el kit de supervivencia del videoclub ochentero, servido con la generosidad de quien no tiene presupuesto para sutilezas.

La versión con financiación europea

Unos meses (o unos minutos, según el algoritmo de vuestro streaming) más tarde, llegó Iron Sky, la producción finlandesa-alemana-australiana que llevó el mismo concepto —nazis escondidos, esperando su momento— a la órbita lunar. Aquí el punto de vista es el de James Washington, un modelo reconvertido en astronauta por pura estrategia electoral, que aterriza sin comerlo ni beberlo en una fortaleza nazi construida en secreto desde 1945. Mientras él pierde el control de su propia nave (y de su propio cuerpo), el oficial Klaus Adler y la maestra Renate Richter preparan la invasión de la Tierra con una flota de platillos volantes que, para qué negarlo, tiene mejor acabado en efectos especiales que su prima subterránea.