El año en que Egipto tuvo dos príncipes

Corría 1998 y, por alguna alineación planetaria que solo el cine de serie B sabe explicar, el mundo recibió no una, sino dos versiones animadas de la historia de Moisés. Por un lado, la maquinaria de Hollywood parió The Prince of Egypto, un fresco monumental de arena, coros y plagas que convirtió el Éxodo en espectáculo de gran formato. Por otro, casi en susurro, llegó Moses: Egypt's Great Prince, una animación de bajo presupuesto que se atrevió a contar exactamente la misma historia con muchísimos menos recursos y, seámos justos, muchísimo menos alboroto mediático.

En Mockbusters.tv jugamos a un juego muy simple —y lo decimos alto y claro para que quede como lo que es, una broma editorial de la casa—: aquí el mockbuster es el "original" y el blockbuster es la "copia millonaria". Nadie se lo cree, ni nosotros, pero es un ejercicio delicioso para fijarnos en qué hace cada película con el mismo material de partida.

Un mismo esqueleto narrativo, dos presupuestos distintos

La premisa es prácticamente calcada, porque ambas parten del mismo relato bíblico: un príncipe criado en el palacio egipcio descubre que en realidad pertenece al pueblo hebreo esclavizado, y esa revelación lo obliga a elegir entre la vida que conocía y la sangre que lleva dentro. En The Prince of Egypt, ese dilema se dramatiza a través de la relación con Ramsés, el hermano que pasa de aliado a adversario cuando Moisés regresa exigiendo la libertad de su pueblo. Es un planteamiento que DreamWorks aprovechó para construir un imperio visual: arena que se mueve como un personaje más, coros corales que suenan a epopeya y una secuencia de plagas que todavía se cita como hito de la animación de los noventa.